Escrita por gusto, tal vez os entretengáis con esta historia, en la que Cassandra cuenta cómo la Abrazaron. Un pequeño “peplum”, mezcolanza de términos y mitologías tanto griegas como romanas, con toda una fiesta vampírica, donde plasmo algunas de mis conjeturas de cómo debió de ser su vida en esta época, usando como curiosidad algunas cosas que escritores de la época narraron de “extrañas fiestas”… nada de profundidad, he tratado de que sea ligera, al igual que si fuera una leyenda de Bécquer. Espero que os guste ^^
Como siempre, estoy abierta a comentarios ^-^ Gracias
Una noche en Siracusa…
—Cassandra, me gustaría que me dijeras una cosa —pidió Jade mientras observaba en la cubierta la estela que a su paso dejaba la Stella Cadente. Una pálida luna brillaba temblorosamente entre las nubes, alumbrando con su pálida luz, como si fueran pinceladas de pintor, las crestas de las olas. El barco se mecía suavemente, una sensación nueva a la que poco a poco la joven se iba acostumbrando.
—Sabes que puedes pedirme lo que quieras, preciosa —contestó Cassandra con una sonrisa.
—Me gustaría que me contases… cómo llegaste a ser lo que eres…
—Mi abrazo… —murmuró la rubia mujer colocándose a su lado.
—Sí.
—Hace mucho de eso —dijo, empezando a desempolvar los grandes volúmenes que conformaban su antiquísima memoria—. Y hay cosas que no recuerdo muy bien. Pero quizás aprendas algo de ello.
La joven de ojos verdes le dio las gracias acompañando las palabras con un leve gesto de respeto y admiración.
—Primero deberás saber que yo nací hace más de dos mil años, bastante lejos de aquí… —susurró. Sus cabellos ondeaban al viento, revoloteando inquietos y cubriendo en parte su misterioso rostro de alabastro. Jade se los había recogido sobre su hombro, y permanecía atenta, queriendo centrarse en Cassandra para no poder recordar. Quería olvidar. Hacía días que estaban en la mar y la soledad que sentía en su interior cada vez la hería más.
»Otra cosa que deberías saber es que tu sire no fue el primero que me llamó Amatista…
***
211 a.C.
Empezaba a anochecer. Cassandra contemplaba el sol desaparecer entre las montañas, tras de si. Veía el mar adquirir un brillo anaranjado; las olas rompían espumosas en los acantilados de la isla de Ortigia. El fuerte viento la inclinaba peligrosamente hacia el precipicio, conseguía que lagrimearan sus ojos, que su cabello dorado azotara su rostro, que su túnica de sacerdotisa se pegara a su cuerpo como si fuera una mortaja manchada de sangre. Llevaban casi veinte años de asedio. Ella había nacido hace unos quince, por lo que podría decirse que la guerra era parte de ella. Servía como sacerdotisa de la diosa Artemisa en el templo de Ortigia desde los siete años. Su madre había muerto hace poco, mientras daba a luz a un hermano que también murió.
Mientras observaba el horizonte llegó a la conclusión de que estaba harta; harta de huir, cansada de la guerra. Y ahora los habían vencido. Venían por ella para tomarla como esclava; su padre había apoyado a los cartagineses y ya se lo hicieron pagar caro.
Dejó caer al suelo la espada que tanta sangre romana había derramado mientras huía. Su carcaj estaba vacío y había arrojado el arco de cuerno más atrás contra un soldado, hiriéndole en la cabeza y tal vez matándolo.
Suspiró, entrecortadamente, con el corazón encogido. Iba a morir, lo sabía. Su vida no valía nada. La agarraron entre dos hombres, uno de cada brazo. Esperó el golpe mortal. Pero no pasó nada. Simplemente la empujaron.
Mientras la arrastraban, encadenada, hacia esa galera llena de trofeos, miró hacia atrás, hacia aquella que había sido su tierra, la que la vio nacer. Lloró; se mordió los labios. Tenía que ser fuerte. Tenía que volver… regresar y vengarse.
***
—Parece que somos lo que somos por nuestra desgracia —comentó Jade encogiéndose de hombros.
—En aquel momento sí que lo vi como una desgracia, una deshonra. Me humillaron de maneras que no sería propio contarte, pero te lo puedes imaginar. Fui tratada como un perro, un animal. Aún peor que eso, un miserable trofeo de guerra que desfilaría entre los vencidos para que un tratante me escogiera y me llevara a cualquier otro sitio aún más denigrante… pero bueno, creo que me ando por las ramas, querida —se disculpó con una risa desganada, llena de recuerdos.
***
Lucretia Flavia, había concretado con un esclavista una cita privada en medio de la noche para que le mostrara sus nuevas mercancías; la que más le llamó la atención fue la joven siciliana, que desnuda, fue obligada a empellones a desfilar ante la señora junto a otras mujeres, la mayoría africanas y griegas. Lucretia parecía tener interés en sus formas, en su largo cabello de oro, que aunque estaba enmarañado y sucio, resplandecía a la luz del aceite de las lucernas. La dama era una matrona rica, que vivía en una hermosa villa a las afueras de Roma, viuda desde hace unos años.
—No creas que siendo mi esclava te trataré como a ésos —dijo señalando a los porteadores de su litera. Cassandra caminaba junto a ella, cabizbaja. Empezaba a anochecer—. Tengo otra función para ti, pero eso dependerá, por supuesto, de si sabes controlarte… Ser una prisionera de guerra es más difícil de lo que te imaginas… —calló unos segundos, deleitándose en el brillo de sus anillos dorados, en el rumor de las pisadas de sus esclavos—. Me han dicho que mataste a muchos soldados cuando tomaron Siracusa… —Cassandra no contestó—. Te he hablado, esclava.
—Tengo un nombre —respondió desafiante la muchacha.
—El que yo te ponga —sonrió la mujer—. Mírame a los ojos —le ordenó a su esclava. Cassandra le devolvió la mirada, cargada de odio—. Veo fuego en ellos —dijo la matrona—. Veo un fuego púrpura que los tiñe de color vino. Te llamaré Amethystos
—Es griego —contestó Cassandra—. Curioso que me deis un nombre en esa lengua. No me gusta lo que significa. Mi verdadero nombre es Cassandra.
—Como la hija del rey Príamo de Troya, la que podía ver el futuro, pero a la que nadie hacía caso. No me gusta, Amethystos.
—De acuerdo… llamadme como gustéis. La piedra de un borracho…
—¡No insultes a los dioses, esclava! ¿No eras acaso sierva de uno de ellos? —inquirió la romana, incorporándose en su litera.
—De Artemisa, vuestra Diana, cuyo templo guardé asesinando a quince romanos como vos —se sacudió entre sus cadenas; no podía mover los brazos, los tenía inmovilizados—, que al atraparme me golpearon y me violaron. ¡Me quitaron mi virtud y me avergüenzo por ello! —gritó, llena de rabia—. Ya no podré servir más a Artemisa…
—Pobre Amethystos… —se lamentó Lucretia, tal vez sinceramente—. Te propongo un trato; serás mi dama de compañía, así no te tratarán como una simple esclava de la cocina, lo compartirás todo conmigo…
—¿Y qué beneficio obtenéis de mí? —soltó la esclava.
—Quizás más de lo que tú creas, Cassandra…
La joven se miró las manos encadenadas y apretando los puños, sonrió desganada. Lucretia habría ganado esta vez…
***
—Amethystos… Amatista… —murmuró Jade.
—Se dice que Dionisos deseaba a una doncella llamada Amethystos, la cual quería permanecer casta —relató Cassandra, como aprendido de memoria—, por lo que pidió ayuda a Artemisa, que la transformó en una roca cristalina. Cuando Dionisos lo descubrió derramó vino sobre la roca, tiñendo sus cristales de color púrpura.
—Hermosa historia.
—Pero Artemisa no se compadeció de mi —continuó como si no la hubiese escuchado, absorta—. De alguna manera tuve que agraviarla para que me hiciera padecer tanto mal. Pero eso ya no importa… la he olvidado y ya no es nada para mi.
***
La villa de Lucretia era sencilla por fuera, pero terriblemente fastuosa por dentro. Sin embargo Cassandra todavía no había podido contemplarla; la habían llevado primero a las dependencias de los esclavos, donde volvieron a inspeccionarla y lavarla. Antes de que terminara de vestirse con la áspera túnica que le dieron, una mujer mayor entró en el cuarto y con su fuerte acento tracio empezó a regañar a los esclavos que se habían llevado a la joven siciliana, llevándosela luego agarrada del brazo al mismo cuarto de Lucretia.
—Parece que mis esclavos no debieron de entenderme cuando les dije que eras para mí —dijo Lucretia desde el otro lado de la habitación. Estaba alimentando a un enorme felino que le hacía fiestas, inofensivo, a merced de la extraña mujer.
Cassandra, asustada y desubicada, se acercó hacia ella. A la luz de los candiles su cabello oscuro relucía, desparramándose sobre sus delicados hombros. No tendría más de treinta años, aunque en sus ojos color avellana podía ver un saber infinito, una malicia oculta tras su melosa máscara de viuda rica. Sin querer caer en faltarle el respeto, bajó la vista, levemente ruborizada.
Cassandra y Lucretia
—No lo hagas —le dijo la mujer mientras acariciaba a la fiera tras las orejas—. Mírame, Amethystos. —Cassandra obedeció y le devolvió una mirada cansada y abatida—. No quiero que el fuego de tus ojos se apague —le dijo sonriendo—. Prefiero la mirada desafiante de la esclava que compré.
—¿Es que no sigo siéndolo?
—Ahora serás como una hermana, como una hija. Irás conmigo siempre, me seguirás y aprenderás de mí. Tú no eres como los otros, lo he visto. Has nacido para ser lo que quiero que seas…
—No os entiendo —balbució la joven, que se había quedado atrapada en los ojos de su señora. Lucretia se acercó lentamente a su rostro, acariciándolo con unas suaves manos que a la joven se le antojaron frías.
—Te ofrezco la inmortalidad… —le susurró al oído.
***
—Te ofreció compartir su maldición.
—Podría verse así —contestó Cassandra—. Sin embargo para mí supuso el ser igual a los dioses, tener su poder y señorío. Mi venganza, si era inmortal podría vengarme de la manera más terrible de los romanos, volver a mi tierra y ser… feliz…
—El Abrazo… se me prometió la felicidad y sólo obtuve desdichas —rió Jade.
—No todo son desdichas, aunque si es cierto que durante mi existencia he sufrido mucho, al igual que he gozado de cada noche, de la pálida luz de la luna, de las temblorosas estrellas…
»Pero continuemos, de nuevo mi mente empieza a divagar como la de una anciana…
***
Durante el día estaba estrictamente prohibido ver a Lucretia. Dos de sus sirvientes más fieles se encargaban de sus finanzas durante la mañana, informándola nada más caer el sol con gran devoción. Cassandra dormía gran parte de la mañana para poder acostumbrarse al extraño horario de su ama. No solía hacerle muchas preguntas, pero oyó una vez decirle que el sol bronceaba demasiado su piel y que no quería parecerse a las esclavas africanas. Un comentario que no la convenció lo suficiente.
Amethystos era como un juguete para Lucretia. Ella misma la peinaba, la perfumaba, elegía su ropa y sus alhajas. Una noche le regaló un precioso collar de oro que decían que era de Tarsis, una de sus más preciadas joyas.
A la vez que iba refinándose, acostumbrándose a la vida regalada, iba aprendiendo. Lucretia le enseñó siete lenguas, perfeccionando el par que Cassandra había hablado desde niña. Pronto ella llegó a ocuparse de los recados más importantes de la señora, que más que ama, era ahora como una especie de madre para ella, hermana, amante. Siempre se había preguntado si Lucretia tuvo o no hijos, qué harían y dónde vivirían ahora, pero acto seguido bebía un sorbo de su aromático vino, miraba sus preciosos anillos traídos de Egipto, y tras volver la vista a los ojos avellana de Lucretia, se olvidaba de aquellas nimiedades.
Así habían pasado casi diez años. Diez años de aprendizaje, de fiestas y excesos. Y Cassandra había madurado como las uvas, creciendo hermosa, como una Venus mortal… por el momento.
***
—Qué fue de Lucretia, quién fue antes, jamás lo supe. La verdad es que creo que es mejor tener un gran secreto, ¿no crees que así intriga más la historia?
—No sería intriga, si no desconfianza hacia esa persona lo que tendría yo —contestó Jade volviendo sus relucientes ojos al mar.
—Sin embargo, es mejor no decir a contar una mentira, cosa que creo es lo que te hizo Alejandro…
—Te dije que no le nombraras más, continúa con la historia… —siseó la joven morena visiblemente enfadada, cosa que Cassie pudo distinguir claramente en su voz, en como contrajo las manos y apretó los puños.
***
Aquella noche sería la que tanto había esperado. Su inmortalidad.
—Ya has crecido lo suficiente… sí… toda una mujer… —le dijo Lucretia sonriente, peinándola y colocándole una diadema cuyo brillo nada tendrían que envidiarle sus hermosos bucles dorados—. Hoy es tu noche, una noche muy especial para ti. Esta noche serás ante todos mi hija.
Su hija… Cassandra no cabía en si de júbilo. Cerró los ojos y se llevó una mano a los labios tratando de ocultar su sonrisa. Tras darle un beso en los labios y dejarla allí con sus criadas, Lucretia salió de la habitación, donde la esperaba un esclavo con su adorado felino. Éste la recibió con un ronroneo.
Las puertas se cerraron y todo volvió a estar en silencio, escuchándose sólo el murmullo de los vestidos y los pasitos de las esclavas. Era todo como un sueño. Cuando fuera inmortal se vengaría por todo lo que le habían hecho, acabaría con todos y les arruinaría la vida de la forma más cruel posible, como hicieron con la suya y la de su pueblo.
De nuevo las puertas se le abrieron, esta vez a su paso. Cruzó el amplio patio hasta el cenaculum, donde ya antes de entrar escuchó el rumor de los invitados y la música. Una de las sirvientas le abrió la puerta, y al entrar todos los invitados se quedaron en silencio, mirándola y valorando su aspecto. Cassandra iba vestida de violeta y blanco, su belleza sencilla como una azucena. Lucretia se acercó a ella y le dio dos besos, tal y como mandaba el protocolo, y le dejó colocarse junto a ella. Embargada por la emoción, la joven Amethystos no se dio cuenta de que entre los bailes y el desenfreno de la fiesta ninguno de los invitados comía ni bebía. De hecho, la mayoría de los que lo hacían iban a una pequeña habitación llamada vomitorium y volvían.
—Cuidado con Luciano —le advirtió Lucretia a su izquierda, mientras se llevaba una copa a los labios sin beber—. Es sólo un guerrero, no tiene seso alguno… dicen que estaba con los cartagineses…
—¿Y ese otro? —señaló la joven torciendo el gesto hacia un hombre bastante alto y de cabello de paja.
—Mal asunto, no sé por qué lo he invitado —contestó—. De todas formas si no lo hacía ya hubieran empezado a hablar mal de mí…
Cassandra, sin hacerle caso, continuaba dando pequeños pellizcos aquí y allá entre los exóticos platos y seguía con la mirada el ir y venir de los numerosos sirvientes, que recogían lo que sus amos habían dejado caer al suelo con presteza.
La velada continuó como un torbellino, con sus chillones colores y música dando vueltas dentro de la cabeza de la joven, y tras la comida principal llegó la hora de los postres. Cassandra ya estaba cansada, quería retirarse, pero Lucretia se lo impidió con gesto de su mano.
Lo mejor no había empezado todavía, pudo leer en la expresión de su rostro.
«La inmortalidad» se dijo Cassandra.
Lucretia dio unas palmas y casi la totalidad de los esclavos se retiraron, quedándose sólo como unos cinco. Los ojos de los invitados se volvieron casi al unísono hacia la puerta principal, donde tres negros traían en brazos una enorme bandeja plateada, donde una joven desnuda, rodeada de copas labradas y portando una cratera, se contoneaba y gemía extasiada por el efecto de alguna droga. Los negros dejaron la bandeja en el centro de la mesa baja, y la joven, danzando y lanzando miradas lascivas, iba llenando las copas para los invitados con un líquido carmesí más espeso que el vino.
«La ambrosía» se dijo Cassandra, estremecida por el placer, por ver su inmortalidad tan cerca.
La joven, con una burla, pasó a su lado sin dejarle ninguna copa, sólo le dio una a Lucretia, que volvió su rostro hacia ella llena de comprensión.
—Tu momento llegará —le dijo con una sonrisa.
Cuando la esclava apuró la cratera Lucretia le señaló uno de los invitados, al que la joven ebria se entregó, abrazándole y besándole. Éste tumbó a la joven sobre el lecho, hundiendo su rostro en su pecho.
Otra palmada. Los negros dejaron dentro esta vez a varias muchachas y muchachos jóvenes, uno o dos por cada invitado, todos llorando y suplicando, algunos resignados miraban a los que iban a ser entregados, pensando en que después todo habría pasado. Cassandra miró a las niñas con tristeza, tendrían la misma edad que ella cuando entró en aquella casa. La sala quedó en silencio, los negros cerraron esta vez la puerta y se quedaron tras ella para evitar que nadie escapara.
Lucretia sonrió, y tras repartir a los esclavos entre los invitados para su disfrute se volvió a Cassandra.
—¿Estás preparada? —le preguntó con una medio sonrisa. La joven amatista asintió, esperando como que algún dios bajase y le entregase el preciado don.
—Si —respondió, su voz amortiguada por los gemidos de los esclavos en aquella extraña orgía.
La matrona, besándola en la frente, y recostándola con cuidado, hundió sus colmillos en el cuello de la joven, que tarde se había dado cuenta del precio de su inmortalidad.
***
—La muerte, la muerte para ser inmortal —susurró Jade mirando hacia las estrellas y soltando lo que parecía un dolido suspiro.
—Sí —sonrió Cassandra.
—Y te ríes, maldita… ¿qué supuso para ti?
—Lo que me llevó a resistir en aquel momento fue obviamente la venganza, el deseo de poder acabar con todos, de matarlos de la forma más cruel… eso fue lo que Lucretia vio en mí, lo que podría atarme a ella.
»Mientras me besaba, sentí una cálida corriente manar dentro de mí, que me llenaba con la fuerza de un poderoso torrente. Pero no, no era la energía la que fluía hacia mí, si no que se me escapaba. Pero yo no me daba cuenta de eso. El placer del momento me estremecía, como podría haberlo hecho un amante con sus caricias…
***
Boqueando, tratando de aferrarse a la vida, Cassandra miró con ojos vacíos a Lucretia, que se limpiaba los labios con el dorso de su mano. Acto seguido se mordió la muñeca y le dio beber de ella a la joven, cuyos ojos amatista empezaban a apagarse.
—Bebe, pequeña, bebe el néctar de los dioses.
¿En qué se convertiría tras ello? ¿Tendría que hacer ella lo mismo? ¿Alimentarse de otros? ¿Olvidar el gusto de la comida que durante aquellos años, había llenado su paladar con sus exquisitos sabores? Pero el sentimiento más negro, la promesa que se había hecho, la llevó a aceptar aquella mano, a beber de ella, y fue Lucretia la que tuvo que retirarla para evitar que siguiera bebiendo.
Cassandra sintió cómo moría, cómo su joven corazón dejaba de latir… todo había sido una mentira… Inclinó la cabeza y se dejó llevar por Thanatos.
Despertó con un hambre terrible. A su alrededor los frescos, las coloreadas cortinas alumbradas con la cálida luz de las lucernas, todo, se arremolinaban, en miles de centelleantes colores, todo totalmente nuevo. Había llegado de nuevo la noche. Lucretia apareció por la puerta llevando de la mano a un jovencito.
—Si puedes, no lo mates —dijo cerrando la puerta tras de si. Cassandra en principio no la comprendió, pero algo la llevó a saltar sobre él y alimentarse con un ansia casi animal. No bastó uno, si no tres, antes de que Lucretia entrase de nuevo para no salir, al menos por el momento.
»¿Qué sientes? —le preguntó sonriendo mientras se sentaba junto al tocador de la habitación. Cassandra no lo había notado antes, quizás porque había pasado a su lado, pero vio cómo no se reflejaba en él. Asustada, se acercó hacia ella y se recostó en su hombro, y con asombro contempló el espejo vacío. Ninguna de las dos aparecía en el.
—Vacío —contestó Amethystos con un hilo de voz.
—Eso suele pasar al principio… —respondió dulcemente—. ¿Sabes? A los demás les gustaste. Mucho. Nos hace falta gente como tú, ¿sabías?
—Pero… ¿para qué? —preguntó Cassandra desembarazándose de ella y volviendo la espalda al espejo—. Dime… ¡¿qué somos?!
***
—¿Qué somos…? —dijo Jade tras un momento de silencio—. ¿Lo sabes ya?
—Vampyrus… eso fue lo único que me contestó.
»No sabría decirte si ella fue o no una buena maestra para mí. De hecho, esta nueva vida era vacía y fría, sin sentido. Y más de una vez me planteé salir a ver al sol naciente por última vez. Y morir por fin. Pero no lo hice… lo que me llevó sobrevivir hasta hoy fue una promesa que me hice a mi misma… pasar una noche más en Siracusa.
Cassandra descendió hasta su camarote, cerrando las puertas a su paso. Jade se quedó admirando la luna unos instantes más. Pronto, muy pronto, llegarían a su destino.







Este relato aclara muchas cosas y abre muchos más interrogantes. Donde leer mas? ^^