Escrita para un concurso en DeviantArt en Marzo de este año (2007)… quedé segunda ^^ Jade vuelve a la carga :D

En brazos de la noche

«La noche eterna cae sin remedio…
Se apagan mis sombrías esperanzas…»


Con un delicado movimiento de su mano, el grito de aquel ser se ahogó en las tinieblas. Las sombras lo rodearon, lo asieron con tanta fuerza que sintió sus huesos romperse con su abrazo. No podía escapar.

Intentó moverse, alargar un brazo hacia esa figura que se encontraba unos metros más atrás sonriendo, sus ojos verdes reluciendo en la oscuridad con un matiz perverso.

—¿Qué tal te encuentras? —le habló desde la oscuridad—. Ya sabes lo que te espera, no puedo dejarte marchar.

No podía más, era inútil. Se dejó caer, perdido el conocimiento.

La figura sonriente se acercó entonces y aflojó las insustanciales ataduras, con una caricia de la mano.

—Otro menos… —se dijo mientras sacaba su espada plateada adornada con filigranas y la apoyaba en su cuello—. Es una pena, pero es hacerlo o morir yo. Dulces sueños…

Faltaba poco para el alba, así que salió del oscuro callejón, ondeando su largo cabello a su espalda, dejando atrás aquel cadáver.

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«Vida eterna a costa de la sangre…
La oscuridad me rodea…»


—Señora… ¿Señora? —la voz del ghoul la sacó de su ensimismamiento.

—Oh, a veces llegas a ser realmente pesado, ¿qué quieres ahora? —le espetó la vampira, que estaba sentada en el sillón forrado de terciopelo granate leyendo uno de los libros de su biblioteca.

—Una carta… —logró decir con miedo el anciano tendiéndole una bandejita plateada.

—¿Otra? –preguntó arqueando una ceja—. Tendré que tomarme más en serio la protección de esta casa… a ver, dame eso.
La carta estaba escrita con tinta color sepia, con una estilizada caligrafía levemente inclinada hacia la derecha.

“Querida Jackie, me alegro de que estés bien —¿Jackie? Ese mote horrible… así sólo podía llamarla una persona…—. Me he enterado de que pasaste por Italia y ni siquiera pasaste a saludar, me parece de muy, muy mala educación por tu parte, bonita. Las cosas por aquí siguen como siempre, me he comprando un barco nuevo, le estoy cogiendo el gusto a esto de los navíos con motor… —la vampira siguió leyendo, pasando sus verdes ojos levemente por encima de aquellas superficiales palabras. Aquella carta no había llegado por gusto, si “ella” se la había mandado sería por y para algo.

»Las noches por Sicilia siguen igual de hermosas, igual de tenebrosas. Las encuentro fascinadoras… —«sí, es ella, se dijo cansada, sin duda…»—. Creo que te pierdes mucho quedándote ahí en España; todo es mucho más peligroso para ti entre ese saco de chusma sangrienta que se mueve por ahí.

»Mi chiquilla… parece que fue ayer cuando te encontré sin rumbo fijo en ese callejón sin salida… Ven conmigo, tengo un trabajo muy curioso para ti… ¿Qué te parecería tener una primera edición de ese libro de las Rimas que tanto te gusta?

»Espero tu respuesta, Ojos de Jade.

»Cassandra”

—Mmm… todo esto sólo para hacerme ira para allá… podía haberme llamado al móvil —se dijo sonriendo—. A Cassandra siempre le ha gustado ser una odiosa pedante chapada a la antigua…

Se levantó del sillón y apagó las luces de la estancia con un leve chasquido de sus blancos dedos.

—Prepara el coche —le dijo a su sirviente.

—¿Cuál de ellos, señora? —le preguntó amablemente.

—El más discreto… salimos al aeropuerto. Tenlo todo listo para cuando baje —terminó de instruir al ghoul antes de desaparecer escaleras arriba de la mansión.

Su habitación, la más grande de la casa, estaba entera pintada de un color oscuro imposible de definir, pues la iluminación estaba casi siempre atenuada. Al entrar giró levemente el regulador de luz, con lo que las sombras se apartaron, dándole más claridad al cuarto.

«¿Por qué ahora, Cassandra? —se decía mientras andaba casi arrastrando los pies por el suelo enmoquetado — ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Acaso no serví a tu propósito hace más de 150 años?»

Se dirigió hacia el pequeño cuarto contiguo, un enorme vestidor, y arrojó a la cama su “ropa de caza” como a ella le gustaba llamarla. Adoraba los vestidos, eso era cierto, pero siempre le era más cómodo llevar unos buenos vaqueros cuando viajaba a un lugar desconocido. Sonrió cuando vio que toda la ropa era casi negra. Excepto los pantalones de un oscuro color violáceo todo era color azabache, y eso a Cassie le desagradaba. Ella, que tenía más de 2000 años se reía de tal color: “El negro es el color de los chapuceros —decía constantemente—, es el color de los que piensan que cometerán algún fallo en la tarea y que eso les disimulará la mancha. Si te atreves a ir de caza de blanco y volver sin mácula es que eres un maestro.”

Jade no se creía una maestra, que no lo era, pero tampoco una chapucera, y llegaba a tener ganas de acabar con ella cuando se daba tantos aires de grandeza. Le gustaba ese color, era un color serio, regio quizás, elegante. Le fascinaba su simbología. Sin embargo el blanco… no, ella no era inocente, no tenía paz interior, no desde que se convirtió en lo que era ahora.

Contra Cassandra no podía hacer nada; le debía mucho, pues le había enseñado todo lo que sabía cuando su sire la abandonó, y era una de las pocas que la apoyaba desde las sombras. Además, en cierto modo sí que se merecía esos aires. «Al fin y al cabo, yo no soy más que una niña recién nacida comparada con ella»

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«Vivo en un mundo de tinieblas…
Las sombras son parte de mí…»


Hacía años que no pasaba por Sicilia; la última vez que visitó Italia no salió de la caña de la bota, cuando fue a Roma por asuntos de trabajo. Estar perdida en una isla era lo que más le gustaba a esa vieja de Cassie. Descendía, según ella, de un sacerdote griego que se estableció allí en tiempos de Arquímedes, y tras estar largos años haciendo su fortuna y navegando por los mares decidió quedarse en una de sus grandes mansiones, acostumbrada a las modernas comodidades.

«Pero eso no le quita la costumbre de mandar cartas… », se dijo Jade.

—Jackie has llegado, por fin —pronunció suavemente en perfecto español una voz a su espalda. Jade se volvió y contempló a la hermosa mujer de cabello dorado y ojos color amatista que le había hablado. Vestía de un pálido color lila y a su lado se encontraba un hombre un poco más alto que ella, rubio y de ojos claros, vestido con un estropeado abrigo marrón—: Te presento a Greg —indicó con un suave movimiento de su muñeca—. Ten cuidado con él, es demasiado serio para mi gusto…

Jade hizo una leve inclinación de cabeza y luego increpó a su mentora:

—¿Por qué me has hecho venir hasta aquí?

—Te dije que tenía un trabajito para ti, mi niña —respondió con suavidad.

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«Soy parte de las sombras…
La oscuridad se hace aún más densa…»


Tenía riquezas, casas preciosas, una vida social mínima y una seguridad… aceptable. ¿Para qué quería más? Y sin embargo ahí estaba, aguardando en la esquina de aquel enorme edificio con ese perro sucio llamado Greg por un capricho de Cassandra. ¿Hasta cuando tenía que hacer caso a lo que ella le mandase? Su vínculo no era tan fuerte con ella ahora como lo había sido antes. Además, le traía sin cuidado todo aquello que hiciese.

—Hay una entrada por detrás… —rompió el silencio Greg, mirándola con sus ojos claros desapasionadamente—, vigilada por una cámara de seguridad. Ahí es donde entras tú.

—¿Qué te lleva a hacer esto? —le preguntó Jade sin moverse del sitio—. ¿Qué te une con ella?

—Interés… solamente… el Príncipe le encargó a Cassandra hacerse con eso y lo tiene que conseguir, por supuesto. Deja aquí tus armas, no deben verte con esa espada. No mates. Eso no nos conviene. Si te ven, altérales la memoria. El problema será suyo, no tuyo.

—Dime, ¿por qué lo quieren?

—Haces demasiadas preguntas Jackie, no sé por qué Cassandra te tiene en tan alta estima.

—Sólo quiero saber por qué estoy haciendo esto.

—Si ella no te lo ha dicho no soy quien para decírtelo a ti.

Le hizo una señal con la mano para que ella avanzara. La hermosa criatura de la noche miró hacia el cielo; las estrellas titilaban levemente tras la burbuja creada por la contaminación lumínica. Tras suspirar de cansancio y calcular los lugares cercanos que hacían sombra, avanzó hacia la puerta trasera con decisión y se plantó frente a ella. Hizo caso omiso de las cámaras, que no podían verla y haciendo un gracioso movimiento de manos llamó a la oscuridad y se fundió con ella, penetrando por los resquicios del portón hasta el otro lado.

Greg lo miraba todo desde su posición. Estaba saliendo todo tal y como planeaba. Jackie era una estúpida advenediza no sabía donde se metía, él sí. Acabaría con ella, recuperaría el objeto y se ganaría a partir de ahora el favor de Cassandra y con ello el del Príncipe. Se convirtió en murciélago y entró por uno de los conductos de ventilación del edificio.

Recuperada ya la forma, Jade avanzó sigilosa por los pasillos. Todavía no se escuchaba a nadie. ¿Qué hacía allí? ¿Le habían tendido una trampa? No, Cassandra no le haría eso. Antes de irse la llamó y a solas con ella le contó todo lo que debía hacer. El objeto que buscaba era una antigua carta de un naturalista romano que hablaba en uno de sus viajes las curiosas prácticas en fiestas nocturnas de un conocido.

«El Príncipe se enteró de eso mediante unos contactos en los yacimientos donde se encontró, y pensó que eso podría ponernos en peligro…» le dijo Cassie con su dulce voz.

El documento se hallaba en uno de los laboratorios de aquel edificio, supuestamente extendido y sumergido en alguna bandeja donde lo estarían tratando contra el deterioro.

Todo era muy fácil, demasiado a su parecer. En seguida encontró la puerta de aquel laboratorio y no se sorprendió al ver quién había dentro. Greg.

Jade sonrió de placer. Al fin esa aburrida noche tendría algo de acción.

—Oh, lo has encontrado —dijo ella con voz encantadora. No quería dar el primer paso—. Venga vámonos.

—No, no nos vamos. YO me voy —se acercó al recipiente que contenía la hoja de pergamino desquebrajado y lo sacó sin miramiento ninguno. Jade torció el gesto, levemente enfadada por cómo estaba estropeando el documento.

—Te recuerdo que a mi no me ven las cámaras, a ti si —dijo ella mientras se acercaba y se sentaba en una mesa, despreocupada—. Creo que lo mejor es que me lo dieras y que salgamos fuera, ¿no crees?

Greg gruñó mostrando sus colmillos.

—¿Tu crees que soy estúpido o qué mierda te pasa? —dijo apretando los dientes—. No sé por qué Cassandra te llamó, yo podía hacerme cargo solo de esto.

—No —respondió escuetamente ella, y miró hacia el techo—. Realmente lo que Cassie quería era acabar contigo, quitarte del medio. No le agradas, en absoluto. Eso y… bueno… —sonrió—. Conseguir el documento que por cierto, se me olvidaba… —clavó sus ojos verde jade en él mientras tendía la mano—. Dámelo.

Greg vio a su propia mano moverse sin que él pudiese controlarla, alargándola para darle el documento a ella. En el último momento su voluntad se resistió y acabó propinándole un arañazo. Jade pudo esquivarlo a tiempo como para sólo recibir un pequeño roce, del que manó un pequeño hilo de sangre.

—Oh, mira lo que has hecho —se lamentó la vampira recogiendo su mano derecha herida con la otra y encogiéndose de hombros—. Ahora no tendré más remedio que acabar contigo…

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«Soy mi propia sombra…
Ha llegado tu final, no el mio…»


Oscuridad. Tinieblas. Vacío. Era tan densa que Greg podía tocarla con sus manos, sentir cómo penetraba en su interior. Ella estaba aún allí. No podía verla en esa negrura antinatural, pero lo sabía. Había intentado salir fuera del edificio y huir, pero ella lo había seguido y cuando encontró el lugar propicio extendió el manto de sombras sobre él.

—Eres torpe… Dame ese documento y te dejaré ir; no sé en qué estado, pero por lo menos podrás seguir quejándote.
Intentó moverse, pero sólo conseguía hacerse más daño. Pensó en transformarse, pero sólo conseguiría morir más rápido durante el proceso. Su idea absurda de contentar a Cassandra iba a acabar ahí, tenía que ser cobarde esta vez, entregarle la maldita carta…

Jade sonrió satisfecha. Estaba haciendo justamente lo que ella quería. Se acercó al cuerpo inmovilizado y le arrancó la carta de las manos cuando iba a entregársela. Dos tentáculos más se aferraron a él.

—Ahora ya no me sirves, ni a mi ni a Cassandra ni a nadie. Buenas noches, Greg.

La joven morena se alejó lentamente mientras oía un último crujido de huesos a su espalda.

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«Ya nada puede salvarme…»


Se encontraba de vuelta a España, en un vuelo nocturno. Cassandra asumió todas las responsabilidades de la muerte que ella misma había propiciado, la de ese incompetente que últimamente traía más que problemas.

Jade, o Jackie suspiró de alivio ya en su asiento de primera clase, mientras atravesaba el mar Mediterráneo de vuelta a casa. Una aventura absurda que le había quitado unos días preciosos. Sacó de su bolso de mano la primera edición de las Rimas de Bécquer que se había ganado y lo acarició amorosamente.

De repente el teléfono móvil vibró y Jade comprobó que tenía un nuevo mensaje. Le habían asignado una nueva tarea: otra caza de sangre. Suspiró con pesar mientras cerró el viejo libro. Al parecer esa noche tampoco podría leer tranquila.